COLOQUIO IX - Segunda Etapa - PONENCIA III

EL AMOR COMO PRINCIPIO FUNDANTE DEL EXISTENTE HUMANO

“Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me faltara el amor, no sería más que bronce que resuena y campana que toca”
1 Cor 13,1

Mariela Marone de Powter

   Cada uno de nosotros somos una nada venida a la vida; una vida que tiene su fuente y su alimento en el amor y que sin amor no conoce otro destino que la nada. Y esta existencia que somos, se manifiesta a nuestra conciencia como presencia simultánea de la nada junto al todo. Es como una melodía hecha sólo de silencio y que sin embargo suena bella y estrepitosamente. Esto es así porque es el mismo amor quien canta sus versos en el ruidoso silencio de la existencia. Para aprender el compás de dichos versos tenemos toda la vida. Como mero instante de nuestra escucha nos dedicamos ahora a interrogar a dos personalidades que, de modo comprometido han entregado su vida al aprendizaje del amor. Karol Wojtyla e Ismael Quiles son los elegidos para responder nuestra pregunta: ¿Cómo habremos de hacer para que el amor dé sentido a esa nada que compone nuestra existencia? Y para empezar ¿qué es el amor?

    Tanto Quiles como Wojtyla coinciden, al dar respuesta, en la misma afirmación, o mejor dicho en la misma negación. Para uno y otro el amor no es sino que va siendo. Sería ingenuo pretender que el amor sea algo dado de una vez para siempre; el amor es un don que se va realizando con nuestra colaboración. Y en cuanto que colaboramos en la acción del amor, nos hacemos a nosotros mismos. Dice Wojtyla que “el amor no ‘es’ nunca sino que ‘va siendo’ a cada momento lo que de hecho le aporta cada una de las personas y la profundidad de su compromiso. [Esto convierte al hombre en] un ser condenado a crear. La creación es para él una obligación igualmente en el terreno del amor”.[i]

    Esta creación se realiza bajo la acción conjunta de la persona y de la Gracia, que Wojtyla define como “participación escondida del Creador invisible que, siendo El mismo amor, tiene el poder –a condición de que los hombres colaboren- de formar todo amor”[ii]. Estas palabras nos presentan la esencia del amor como el dinamismo que envuelve y vincula a Dios con su creatura, y en el caso especial del hombre como un llamado a participar en dicha creación[iii]; llamado que por su carácter imperativo resulta irrenunciable. Esta “obligación” a co-implicarse con el creador en el terreno del amor ha de ser entendida como realización de nuestra más profunda vocación, como única vía posible de verdadera realización. Si nos comprometemos creativamente en el amor, entonces vivimos nuestra realidad, si nos negamos a esta creatividad sólo nos queda vivir nuestra nada.

   Ismael Quiles también nos aporta una respuesta que se inscribe dentro de la misma sintonía que la expuesta anteriormente. Quiles define el amor como “el dinamismo del ser según este triple movimiento:

   in-sistencia, ex-sistencia,in-sistencia.

   El punto de partida del amor es la in-sistencia, (ser en sí).

   El término intermedio a que se dirige es la ex- sistencia,(ser con otro).

   El punto final de retorno es la in-sistencia (ser ambos más en sí).

   Este ritmo triádico, siempre en dirección ascendente (ser más sí mismo), es el que a la vez muestra y realiza la esencia del ser del hombre, desde su sí mismo hacia su plenitud y felicidad, su unidad interior, su paz.”[iv]

   En relación a las citadas palabras de Quiles, el amor ha de entenderse también como un movimiento de realización y no como algo hecho. Se hace necesario analizar, para comprender esta definición, el sentido de ese movimiento que Quiles expresa como relación entre existencia e in-sistencia. Ese movimiento triádico en que consiste la dinámica del amor es el mismo que gobierna y caracteriza toda relación posible entre el hombre, entendido como centro interior, y el mundo exterior. El movimiento del amor es el que va realizando a la persona en sí misma y esta realización tiene por fin la paz y la unidad. Como veremos, al desarrollar los distintos momentos de esta dinámica, esta paz no es total sino hasta descubrir en la interioridad misma la presencia y la acción de un fundamento último, trascendente, que sostiene y anima la existencia.

   Analizaremos ahora cuáles son esos pasos, o esos momentos en los que se encarna la dinámica del amor, con la que tan implicada está la realización del hombre en tanto persona. Luego intentaremos una comparación entre este desarrollo y el correspondiente a la formulación de Wojtila.

Momentos del movimiento del amor según Ismael Quiles

   1) Al primer momento de dicha experiencia Quiles lo ha denominado co-sistencia: se trata de la vivencia de compartir una misma naturaleza. Dice Quiles que “esta experiencia es originaria y está incluida en la captación del otro, como semejante a mí mismo, captación que es previa a toda comunicación ulterior con el otro, como ser humano.”[v] . En tanto soy un ser conciente de mí mismo, el otro se me presenta espontáneamente como semejante; en el sólo hecho de su presencia, aún cuando no ha surgido mediación de lenguaje alguno, lo intuyo como co-participante en mi misma naturaleza. Esta percepción de una misma naturaleza no sólo me coloca en el mismo campo existencial del otro, sino que además, me permite identificarme a mí mismo como tal naturaleza que soy.

   2) En un segundo momento, o mejor dicho en un segundo nivel de profundización, surge lo que Quiles ha venido a llamar atracción ontológica o inter-in-sistencia. El descubrimiento del otro como semejante o como co-sistente va acompañado de una mutua atracción. Esta se manifiesta como una tensión que se dirige desde mi propio interior hacia la interioridad del otro y viceversa. No sólo experimentamos nuestra mismidad y su consonancia con la mismidad del otro sino que además la experiencia de nosotros mismos se manifiesta como ontológicamente ligada a la mismidad del otro. En palabras del propio Quiles: “Parece que desde el polo de mi subjetividad nace una corriente de tendencia hacia el otro, y experimento que esa corriente me llega también desde la subjetividad ajena.”[vi]. El despertar a la conciencia de sí mismo como un centro interior va acompañado de una intuición por la que nos sentimos íntimamente ligados a otros centros interiores. Es esta tensión o tendencia a la unidad, que Quiles llama atracción ontológica la que vincula toda la realidad en una unidad. En Cómo ser sí mismo, Quiles describe esta misma atracción como “una presencia ontológica que anuda estrechamente un centro con otro, todos los centros entre sí, en una especie de coro universal, cada uno afirmando su sí mismo y al mismo tiempo sintiéndose solidario con todos.”[vii]

   Una vez que la experiencia nos revela esta sintonía de nuestros sí mismos con el resto de las existencias, y de modo tan especial con el resto de las personas, estamos llamados a profundizar y desarrollar ese vínculo que espontáneamente se nos ha revelado como inseparable de nuestra propia realidad. Es de esperar, que como conclusión o culminación de la inter-subjetividad Quiles haya propuesto justamente el amor como realización más perfecta de dicho vínculo. En ello consiste justamene el tercer momento de este sendero que venimos siguiendo.

   3) El amor se descubre, entonces como culminación de la inter-in-sistencia. Para Quiles la condición para que exista amor entre dos personas es el descubrimiento de ese otro como misterio, es decir como un sí mismo. A este descubrimiento va unido el respeto por la libertad del otro. En función del reconocimiento de la libertad del otro, la conexión ontológica se despoja de todo egoísmo, entonces el yo y el tu se convierten en un ‘nosotros’. Según expresión del mismo Ismael Quiles: “Sólo aquí tiene sentido el acercamiento auténtico al prójimo. Entonces es cuando la unión de las dos in-sistencias tiene un campo común, una vida común, una ‘sistencia’ común, en la personalidad, en la libertad y en la plenitud de dos subjetividades.”[viii] . Este nosotros pasa a ser, entonces, condición para la realización de cada uno de los sí mismos implicados en él. La realización de todo sí mismo depende del amor; el bien de cada sí mismo se alcanza y se mantiene vivo en virtud del amor que lo liga a otro sí mismo.

   La conciencia de esta dependencia mutua acrecienta en nosotros la intuición de la contingencia implicada en toda intuición profunda del sí mismo. Reflexiona Quiles en su Antropología filosófica insistencial: “Mi contingencia y la contingencia que experimento en el ‘ tú’ convivido resuenan con más fuerza todavía que mi contingencia sola.”[ix]. Esta intuición profunda de la contingencia compartida nos abre la puerta al último nivel de profundización en la experiencia de la inter-in-sistencia.

   4) El fondo último de nuestra inter-subjtividad. La intuición de la contingencia tiene para Quiles, la virtud de abrirnos al encuentro del Absoluto como fundamento último de una existencia incapaz de dar cuentas por sí misma de su inexplicable presencia. A esta vivencia de la contingencia se suma, como vía de acceso a la presencia interior del Absoluto, el descubrimiento de nuestra intimidad con Dios implicada en la unión por el auténtico amor entre las almas. De otro modo, ¿cómo puede ser que algo tan propenso a desaparecer tenga el poder de crear un lazo capaz de religar los puntos más extremos de la tierra en la vivencia de la verdadera comunión? Ha de haber entre nosotros algo implicado en crear, con nosotros y tal vez a pesar de nosotros, esa unidad. Dice Quiles que cuando se experimenta esa presencia“ es cuando el ‘nosotros’, esa experiencia ontológica de la intersubjetividad en que nos hallamos conviviendo instintivamente y por fuerza, con anterioridad a toda actitud y propósito reflexivo, encuentra la dirección a que apunta, encuentra su sentido que exige, y encuentra su pleno ‘cumplimiento’ y seguridad ante el ‘Tú. Absoluto’, que es para ‘nosotros’ a la vez garantía y plenitud”[x]

   Sintetizando lo expuesto podemos ver que una vez que salimos de nuestra in-sistencia, para descubrir en la existencia la presencia de nuestros semejantes y una atracción irrefrenable a la unidad con ellos - atracción que tiene su culminación en el amor-, volvemos a nuestra in-sistencia. Pero al volver ya no somos los mismos pues nos hemos enriquecidos por la intuición de que sin ellos, y sin la experiencia del amor, no seríamos. No seríamos porque la conciencia de nuestra ligazón ontológica al todo de la realidad ilumina la dirección que nuestra responsabilidad ha de tomar en lo que respecta a la realización de nosotros mismos. O somos en la unidad con el todo y en la especial comunión con nuestros semejantes, o sencillamente no somos nada, dado que la realidad es siempre en relación a la unidad del todo. Ha quedado suficientemente expresado el modo en el que para Quiles se desarrolla y se manifiesta este movimiento en que el amor consiste.

   Queda aún por desarrollar, así como lo hemos hecho a partir de Quiles, cuáles sean para Wojtila los momentos o instancias de ese movimiento en que función del cual se ha definido el amor. Una vez expuesto su pensamiento podremos desarrollar más puntualmente una comparación entre ambos.

Momentos del movimiento del amor según Karol Wojtyla

   Mientras Quiles describe un camino en el que el punto de partida no deja de ser nunca el punto de llegada, Wojtila nos presenta una largada y una meta fácilmente distinguibles entre sí. Esto es así porque lo que Quiles plantea como una dinámica en el plano ontológico Wojtyla lo desarrolla directamente en el marco de la relación entre un yo y un tú. Esta relación ha de tener un punto de partida, que es lo que en un principio involucra a una persona en el campo existencial de la otra. Es decir, toda relación tiene su origen en el descubrimiento de una cierta afinidad que provoca una primera atracción y que Wojtyla identifica con el término simpatía. “La simpatía, [según palabras del mismo Wojtyla], introduce a una persona en la órbita de otra persona en cuanto cercana a nosotros, hace que ‘sienta’ su personalidad entera, que se viva en su espera, encontrándola a un mismo tiempo en la propia. Gracias a esto, la simpatía es un testimonio de amor empírico y verificable”.[xi] Ahora bien, toda simpatía, en tanto sentimiento de afinidad con el otro tiene su valor y funda su duración en un aspecto puramente emotivo; es decir, una relación construida exclusivamente a fuerza de simpatía durará en tanto dure la simpatía.

   Sin embargo, cuando nuestra responsabilidad entra en juego en la creación de un vínculo más profundo que la simpatía esta comienza a transformarse en amistad. “La amistad consiste [para Karol Wojtyla] en un compromiso de la voluntad respecto a una persona, con miras a su bien. La simpatía ha de madurar, por consiguiente, para llegar a ser amistad, y este proceso exige normalmente reflexión y tiempo.”[xii] En relación a la dinámica entre estas dos formas de vinculación entre dos personas formula una más detallada definición del amor como un quehacer responsable, “esencialmente creador y constructivo [que] consiste en una transformación profunda de la simpatía en amistad.”[xiii]

   ¿Qué relación guarda esta formulación con la expuesta por el padre Quiles? En primer lugar ambos plantean una condición originaria de todo vínculo humano que se manifiesta de manera espontánea, es decir como algo que se hace patente de un modo inmediato. Lo que Quiles había nombrado como atracción ontológica, Wojtyla lo identifica con la simpatía. Si comparamos una y otra descripción de esta experiencia, parece que la misma tuviese para Quiles un carácter universal y objetivo mientras que en el caso de Wojtyla parece tener un valor particular y subjetivo. Si seguimos avanzando en el pensamiento de Wojtyla notaremos que esto no es más que una apariencia. Cabría preguntarse, qué es lo que nos permite superar el carácter puramente subjetivo de una relación, lo estrictamente emotivo en que consiste la simpatía para que esta se convierta en amistad. De hecho la amistad, al estar definida en relación al bien, expresa en sí misma su carácter objetivo.

   Existe para Wojtyla, al igual que para Quiles un fundamento objetivo que sostiene cualquier tipo de acción conjunta entre las personas. Este lo encontramos en relación al concepto de participación que Wojtyla define como “propiedad dinámica de la persona que se manifiesta en la ejecución de acciones ‘junto con otros’, en la cooperción y coexistencia que sirve simultáneamente a la realización de la persona”. [xiv]. Dicha participación tiene una característica de importantísima relevancia para nuestro trabajo y consiste en el hecho originario de que todos los hombres nos encontramos participando en la humanidad. “Sólo como consecuencia de la participación en la humanidad misma, que se manifiesta en la idea de prójimo, alcanza la propiedad dinámica de la participación su profundidad personal y su dimensión universal. (…) La capacidad de participar en la humanidad misma de todo hombre constituye el verdadero núcleo de toda participación y es condición del valor personalista de todo actuar y existir ‘junto con otros’”.[xv]

   En el carácter universal de la participación encontramos ese punto en que las formulaciones de Wojtyla y de Quiles se aúnan en su fundamento para quedar diferenciadas sólo en el modo de su presentación. Como dijimos, la base de todo vínculo de acción conjunta es la experiencia del otro como semejante, es decir como prójimo; entonces esa vivencia de atracción que se experimenta en la simpatía se funda también sobre el carácter universal de la participación. Si logro sintonizar en el campo existencial de otra persona es en última instancia porque ambos vibramos en la misma frecuencia: la de la humanidad. Esto quiere decir que lo que en términos de Wojtyla experimentamos particularmente como simpatía no es más que la manifestación concreta de un hecho universal que, desde más profundo, actúa como condición de posibilidad de dicho vínculo: nuestro estar ligados esencialmente a los otros como prójimo. Para Quiles, de nuestra co-sistencia depende nuestra inter-in-sistencia; para Wojtyla, del carácter universal de la participación depende todo vínculo entre personas, por lo que de ello depende también la simpatía.

   Lo que para Wojtyla se descubre al final, está puesto como principio en la formulación de Quiles. Sin embargo tanto uno como otro dejan en evidencia que el hecho de estar ligados al resto de la humanidad por virtud de una profunda semejanza ontológica es la condición de base de toda vinculación posible entre las personas y es por tanto esta noción de prójimo el fundamento del amor. Esto significa, a partir de uno o de otro camino, que estamos llamados a constituir relaciones fundadas en el amor porque eso es lo que somos en el fondo más profundo de nuestro propio ser: somos uno en el amor. Somos reales en la medida que participamos en la Realidad que se religa a sí misma en unidad por el amor.

   Del análisis del sentido que para Wojtyla tiene la amistad surge la vinculación con el tercero y cuarto momento del desarrollo del movimiento del amor en el pensamiento de Quiles. Como ya expusimos, dichos momentos consisten respectivamente en el amor propiamente dicho como culminación de la inter-in-sistencia y en el descubrimiento del Absoluto en la vivencia de la contingencia compartida.

   La amistad es para Wojtyla el resultado de la acción creativa del amor. Lo que inspira tal acto creativo es el bien que se busca para el otro. Dice Wojtyla que “en el deseo del bien infinito para el otro yo, está el germen de todo el ímpetu creador, del verdadero amor, ímpetu hacia el don del bien a las personas amadas para hacerlas felices. Este es el rasgo divino del amor. En efecto, cuando un hombre quiere para otro el bien infinito, quiere a Dios para ese hombre, porque sólo Dios es la plenitud objetiva del bien y sólo Dios puede colmar de bien al hombre. Por su relación con la felicidad, es decir, con la plenitud del bien, el amor humano de algún modo está rozándose con Dios.”[xvi]

   Respecto de esta última cita de Karol Wojtyla queremos destacar una palabra que nos revela un concepto implícito en el discurso del cardenal acerca de una cuestión que en Quiles tiene una función explícita y fundamental: la cuestión de la contingencia. La presencia tácita de nuestra contingencia y de la contingencia compartida en la vivencia del amor se hace notoria en esa palabra dos veces repetida por Wojtyla: sólo Dios y sólo Dios es la plenitud del bien y puede colmar de bien al hombre. Como vimos, es el compromiso en la acción responsable y conjunta el único camino por el que el hombre llega a realizarse como persona. Es el bien de las personas implicadas en la acción la última finalidad de la acción misma y es el amor el único camino por el cual el bien de cada cual llega a ser su auténtico patrimonio.

Conclusiones

   Han coincidido las definiciones del amor que nos aportaron Quiles y Wojtila en que la esencia del amor es ante todo un quehacer que involucra la acción del hombre con la de la divinidad. Hemos descubierto también como punto en común la revelación de que la persona, realizada en tanto tal, es inconcebible a expensas del amor; más aún, que su existencia, sin amor, queda reducida a una pura nada. Sin el amor humano no seríamos más que una conciencia que se desgarra en el vacío; sin el amor divino simplemente no seríamos. Tal vez pueda discutirse el hecho de que -como dijera el conocido soliloquio hamletiano- “ser o no ser sea la pregunta”, pero nunca que el amor sea la respuesta.

   Así también se ha mostrado que el bien y la realización del hombre se constituyen en forma relacional, nadie puede realizarse a expensas de los demás y toda realización personal trae consigo plenitud y felicidad para todos los demás. Finalmente han coincidido ambos autores en que el último bien de cualquier hombre, al igual que la realidad de cualquier cosa no está sino en su unidad con el último fundamento trascendente; es decir nuestra realización es algo relativo no sólo al resto de los hombres y las cosas sino que de modo mucho más eminente y fundante involucra la acción de Dios.

Moraleja

   Suspendida en esa encrucijada entre el Todo y la nada, la existencia humana se colma de sentido y realidad cuando aprende a quedarse con la nada para así volverse un participante del Todo. Este sería el gesto de más pura humildad que pudiese albergar un corazón humao, y la humildad tiene un único maestro: el amor.

Bibliografía

• Cardenal Karol Wojtyla,  Persona y acción, tr.: A.Tymieniecka, BAC, Madrid, 1982.
El Amor humano en el plan divino, Librería Editrice
Vaticana, Città del Vaticano, 1980.
Amor y Responsabilidad, Editorial Razón y Fe, Madrid, 1978

• Padre Ismael Quiles , SJ.,Antropología filosófica in-sistencial, Depalma, Buenos Aires, 1983.
Cómo ser sí mismo, Depalma, Buenos Aires, 1996.

Notas

[i] Wojtyla, Amor y responsabilidad, pg. 153 Es interesante el sentido que esta afirmación adquiere cuando la enmarcamos en el terreno de la creación artística. No sólo porque nos permite concebir al artista como cumplimiento especialísimo de la vocación que Dios ha impreso en el hombre sino porque nos conduce a reflexionar acerca del compromiso de amor que todo artista queda obligado a imprimir él mismo en su propia creación. Esto seguramente podría ser motivo de una nueva reflexión: ¿es asimismo el amor una obligación en el terreno de la creación artística?
[ii] Idem.
[iii]En El Amor humano, (pág. 62) Wojtyla define creador como “ aquél que ‘llama a la existencia de la nada’ y que establece en la existencia al mundo y al hombre dentro del mundo porque Él es amor.” Según la definición que tomamos del texto.
[iv] Quiles, Cómo ser sí mismo, pg. 58
[v] Quiles, Antropología filosófica in-sistencial, p. 117
[vi] Quiles, op. cit. , p. 132
[vii] Quiles Cómo ser sí mismo, p. 45.
[viii]Quiles, Antropología filosófica in-sistencial, p. 132
[ix] Quiles, op. cit. , p. 134.
[x] Quiles, op. cit. , p. 135.
[xi] Wojtyla, Amor y responsabilidad, pg. 95
[xii] Op. Cit. ,p. 97
[xiii] Op. Cit. , p. 98
[xiv] Wojtyla , Persona y acción, pg. 343
[xv] Idem.
[xvi] Wojtyla, Amor y responsabilidad, pg. 151.


  • Ver Ponencia I • La unidad de la persona como condición de posibilidad de la percepción de la belleza

    MARTHA PÉREZ DE GIUFFRÉ
    Universidad del Salvador, Buenos Aires.


    Ver Ponencia II • El conocimiento de sí mismo como fundamento de la reflexión filosófica

    ALEJANDRO POWTER
    Universidad del Salvador, Buenos Aires.


    Ver Ponencia III • El Amor como principio fundante del existente humano

    MARIELA MARONE DE POWTER
    Universidad del Salvador, Buenos Aires.

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    Ver Ponencia IV • La libertad, la belleza y el amor en Ismael Quiles y Karol Wojtyla

    MARÍA VICTORIA RULLÁN MIQUEL
    Zaragoza, España.


    Ver Ponencia IV • La libertad, la belleza y el amor en Ismael Quiles y Karol Wojtyla

    MARÍA VICTORIA RULLÁN MIQUEL
    Zaragoza, España.


    Ver Ponencia V • Acerca de la historia - Aproximación al pensamiento histórico de S.S. Juan Pablo II y el P. Ismael Quiles S.J

    ETHEL BORDOLI
    Buenos Aires.


    Ver Ponencia VI • La base antropológica en la ética en I. Quiles Y K. Wojtyla

    JULIO RAUL MENDEZ
    Universidad Nacional de Salta • Universidad Católica de Salta.


    Ver Ponencia VII • Persona y accion de Karol Wojtyla, visto desde la perspectiva del R.P. Dr. Ismael Quiles, S.J.

    CELIA GEMIGNANI DE ROMANI
    Universidad del Salvador, Buenos Aires.


    Ver Ponencia VIII • Conclusiones

    JORGE MARTIN
    Universidad del Salvador, Buenos Aires.


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